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lunes, 20 de febrero de 2017

Things we lost in the fire

Si ves que mi canción acaso no resulta, avísame y recojo la melancolía.

¿Te acordarás quizá de los chicles que hacían que desapareciera el verano?

Yo, que nunca he soportado la menta, el sabor del polo
atesoro, sobre todo
los chicles en los besos.
Chicles que picaban y me hacían respirar,
y contigo, también olvidar los 37º a la sombra.
Sentía el polo,
se iba el verano,
en el aire que estaba a tu alrededor.

¿Qué recordaré yo?
La cara.
No,
los ojos que me miraron en un vestido largo y el pelo suelto a pesar del calor,
y el silencio,
y los comentarios que no hiciste.
Todos y cada uno de ellos, brillándonos en los ojos.

Recordaré que no había fresas con chocolate,
pero sí libros de historia,
y feria del libro,
deshabitada desde entonces.

Recordaré la tranquilidad,
y las grietas que notaba a tu lado, por donde tu luz se filtraba
y yo no me quedaba
con
nada.

Recordaré que me gustabas y no podía quererte.
Pero sí te quise.
Tú con tu luz y yo sin darte
nada.
Yo, siendo un boceto
siendo mil piezas que nunca formarían el puzle que imaginabas.

Me quedo con ese invierno en julio,
y el camino que nunca me aprendí hasta tu casa.
Lo demás no sé dónde ha ido,
creo que ardió
con las piezas y el puzle y el cartón y el verano.

Y ya no hay pruebas,
ya no recuerdo la cara, ni los ojos
solo las palabras que no dijiste,
las que yo dije de más,
y la curiosidad que ya no siento.

*DISCLAIMER: esto no es un poema. A leer poemas, a otra parte.

sábado, 19 de julio de 2014

A fuego lento

Te miro, y no entiendo por qué lo hago. Te sigo, como si todo el desconcierto que produces fuera sed, y solo tú pudieras calmarla. Me muevo hacia cualquier dirección, buscándote sin darme cuenta. Porque mirarte es la forma que tiene mi cuerpo de dar una orden, de marcar la dirección, y el destino eres tú. De todas partes sales tú, o quizá es que siempre me dirijo allí donde puedo mirarte. Y cuando lo hago, haces que mi mente se colapse, sin saber qué quiere y sin entender qué provoca el fallo en el sistema. Y solo puedo dar por cierto que te estoy mirando, y que no sé por qué lo hago.
Pero te miro. Y cuando tú me miras, mi cuerpo se convierte en un relámpago lleno de electricidad, buscando desesperadamente tocar tierra. Y cuando dejas de mirarme, toda la tierra del mundo me pesa bajo los pies.
Lo mejor de este paisaje, me dijiste, lo mejor del mar, es que cuando sale el sol puedo ver tus ojos reflejados allí. Dicho por cualquier otra persona habría sonado estúpido e irreal, pero sé que clavas tu mirada en mis ojos como yo lo hago. Así que me lo creí, y culpé a mis ojos de esta tortura. Los culpables de que no pueda existir con todas mis partículas cuando estoy cerca de ti, porque te miran, y cada minuto que paso mirándote más partes de mí se van desprendiendo en tu dirección. Mis ojos, que hicieron que tú me miraras a mí, metiéndonos a ambos en este juego absurdo, que hace que me arda la piel. Que me convierte en una masa electrificada incapaz de soportar la sobrecarga.
Te rozo la mano al pasar por delante de ti, y me guiñas un ojo. Y ahí acaba todo, porque la pasión cuando se desata, con el fuego ardiendo en llamas que alcancen el cielo... se escapa, se diluye demasiado. Y nunca más vuelve a concentrarse como para provocar tal energía.
Pero aún así, lo que yo más deseo es mirarte sin tener que dejar de hacerlo. Descargar en ti todas las veces que me ha consumido el fuego, convertirme contigo en ceniza y arrasarlo todo detrás de nosotros hasta que no quede nada. Ni de ti, ni de mí, ni de la electricidad.
Y después, morir cada vez que te vea, y ya no quiera mirarte.

domingo, 20 de abril de 2014

Just One Yesterday

Hacía horas que había anochecido a un lado del mundo, mientras que en el otro quedaban unos minutos para el amanecer. Él estaba en el lado en el que aún le quedaba por delante gran parte de la noche, pero no conseguía dormir. Se imaginaba cómo estaría ella. Seguramente su pelo ocuparía media almohada mientras aprovechaba sus últimos minutos de sueño antes de que sonara el despertador. No dejaba de preguntarse si se habría paseado aquella noche por alguno de sus sueños, y si cuando él consiguiera dormirse, ella le visitaría a él en los suyos. Seguramente soñar con él arruinaría el humor de la joven para todo el día, y eso lo alegraba y lo deprimía a partes iguales. Nada le dolía tanto como hacerla sufrir, pero al recordar todas sus disputas, su sufrimiento parecía ser el único consuelo que podría obtener.
Unos años atrás se despertaba todas las noches de alguna pesadilla, y se alegraba de que su pelo negro le estuviera robando espacio en la cama, porque eso significaba que ella estaba cerca. Este pensamiento no estaba dividido, solo podía entristecerle. Recordó también la primera vez que le llamó Morena, y su risa contenida, y cómo se mordía el labio inferior tratando de decidir si quería besarlo o abofetearlo. Estaba corriendo detrás de ella porque se negaba a darle las llaves del coche. Corrieron en círculos alrededor de este, hasta que se encontraron agotados, mirándose de frente a través de las ventanillas. Apenas llevaban unos meses saliendo, y le dijo que iba a a acabar con él, morena. Desde entonces la llamaba así para conseguir ese gesto suyo. Sabía que le molestaba ser llamada de cualquier manera que no fuera su nombre, pero también que no podía resistirse a reír cuando él lo decía. 
En los últimos días de relación trató de llamarla así un par de veces, pero no había ningún tipo de reacción. No se enfadaba ni siquiera. Pero cuando se despidieron, él la beso en la mejila y susurró "Suerte, morena" y consiguió una sonrisa de medio lado. 
Mientras salía el sol en el otro lado del mundo, sonó un teléfono. Ella se incorporó pensando que era la alarma, pero esta saltó unos segundos más tarde. Lo que la había despertado era un mensaje, con una sola palabra en su interior. No supo cómo reaccionar ante aquello. Sonrió, y su sonrisa fue torciéndose mientras apretaba los labios, sintiendo las lágrimas acumulándose en sus ojos. Y deseó que fuera de noche y estar en otro lugar. En otro momento.

miércoles, 9 de abril de 2014

Ask the dust.

No conocí a mi abuelo, pero me han hablado tanto de él que su presencia física no es necesaria para afirmar que le conozco. Si nos encontramos en la muerte tendremos una conversación amena, de viejos amigos. Ni siquiera habrá presentaciones, de eso estoy segura. Un abrazo. Uno fuerte. Eso será nuestro saludo.
Es posible que conozca a mi abuelo incluso mejor que aquellos que me cuentan sus historias. Él y yo somos prácticamente la misma persona. El punto diferente de la familia. El silencioso y observador.
Mi abuelo era maestro de vocación y profesión, y yo nací para ser estudiante. Cuando tenía 10 años decidí dejar de hablar, pero no pude lograrlo durante mucho tiempo porque tenía demasiadas preguntas. Mamá es maestra también. Suele responder cuando pregunto si es que se concentra lo suficiente en esa idea. Son maravillosos los maestros. Alimentan a la gente como yo.
Aquí, sin embargo, no queda uno solo. Los educadores se han extinguido y estamos todos condenados a la vida vacía de la ignorancia o a aprender por cuenta propia. Pero a nadie le preocupa en medio de una guerra. Excepto a mí, y a mis preguntas.
La primera de ellas lleva rondándome varios meses. Desde que comenzaron los bombardeos. No entiendo de qué manera se caen las casas. ¿Cómo lo hacen? Algunos muros quedan intactos. No se mueven ni los cuadros, ni las estanterías. Nada. Y otros sin embargo desaparecen.. No acaban en el suelo en pedazos, sencillamente se esfuman. No queda ni rastro. La panadería de la que mi abuela siempre se quejaba porque el pan estaba crudo mantuvo, tras una bomba, todas sus paredes. Y el techo. Pero la entrada desapareció. Solo quedaba polvo en su lugar.
Yo creo que fue una forma de que el universo regalase pan a todo el vecindario, aunque ciertamente no era necesario que la panadera estuviera cruzando el umbral de la puerta cuando este se derrumbó. Le quitó mucha poética a todo el asunto y nos hizo llorar a casi todos. Era una mujer muy guapa. Mayor, pero aun muy elegante y correcta. Estaba ahí desde siempre, y aunque no se hacía querer, nos recordaba a todos los tiempos pasados. Mejores. Cuando tu existencia el día de mañana estaba asegurado. Ella era una constante, y cuando se murió a nadie le cabía duda de que esta dichosa guerra sería irreversible.
En casa cayó un rayo, no una bomba. Provocó un incendio que vio su mejor aliado en la colección de tickets de compra y papeles inservibles de mi abuela. Arrasó con todo. Lo único que siento es que todas las cartas que escribí a mi abuelo durante años ardieran también. Mi abuela no lo sintió en absoluto. No siente nada. Ni siquiera cuando se ríe. Yo creo que cuando se es mayor y malo, sentir es aburrido. Una carga. Como si se robara protagonismo al resto de personas que aun quieren sentir algo. Si mi abuelo viviera, ella sentiría. Estoy segura. Lo habría puesto todo en orden. Y quizá también encontraría una respuesta fiable al tema de las paredes que desaparecen.
No sé bien qué hago aquí, escribiendo. Creo que no podría hacer ninguna otra cosa. Tengo 20 años y me siento vieja, pero con demasiados sentimientos. Una de esas abuelitas a las que apenas se les puede mencionar ningún tema sin que se echen a llorar, y al final solo consiguen silencio a su alrededor y el sonido de las agujas de tejer. Cuando sea realmente vieja, estaría bien ser así. Necesitaré silencio para compensar el ruido al que están sometidas mis ideas.
La calle hierve a todas horas y mis oídos suenan por sí solos con palabras que parecen emitidas a veces por mi voz, a veces por la de mi abuelo. O la forma en que me la he imaginado, que seguramente siga siendo mi propia voz.
Me siento como si no hubiese sitio en mí para más recuerdos, como si hubiera vivido cien años. Y no sé si alegrarme de que no sea así. Quizá los muros que se esfuman sencillamente no puedan aguantar más el peso del papel pintado y el tacto de las manos del obrero que lo colocó allí. Y por eso se esfuman. Derruidos tendrían que mantener el mismo peso y prefieren ser polvo. Acabar. No tener más historia. Ser lineales, con principio y fin. Le haré estas preguntas al próximo maestro que me encuentre.

martes, 11 de marzo de 2014

Memoria intermitente

Hoy es martes y voy a clase en autobús. Hace diez años me llevaba mi padre andando al colegio, era el rato más grande que pasábamos juntos porque llegaba muy tarde de trabajar. Por la mañana yo me dormía desayunando con la cabeza apoyada en la pared de la cocina mientras mi padre me hablaba tratando de mantenerme despierta. Después solo solía haber silencio. Yo vistiéndome y preparando los libros, mi padre callado sentado en el salón, ordenando sus pensamientos con la mirada en el infinito.
Pero un día fue diferente. Jueves.
Estaba la televisión encendida, rompiendo el silencio que tranquilizaba mis mañanas. Las noticias decían lo mismo en todos los canales, y habían sustituido a los programas infantiles. Mi madre había llamado desde el trabajo, de camino había escuchado una noticia muy rara en la radio. La información no era clara entonces y nadie sabía qué había pasado, pero todo el mundo preguntaba.
Un atentado en Atocha. O en el Pozo, o en Vallecas. Bombas en los trenes, eso seguro. Y muchas víctimas, era algo muy grande. Recuerdo la tensión, el par de profesores que no habían podido llegar a mi colegio porque las vías estaban cortadas, mi mejor amiga con un ataque de pánico porque su madre iba al trabajo en tren. No era el mismo tren, pero no sabíamos nada. La mayoría de mis amigos de entonces pueden recordar con claridad qué estaban haciendo ese día, cómo sintieron el miedo que cada periodista transmitía en la tele, o que cada profesor callaba cuando le preguntábamos. Pero eso fue en el este de Madrid, y yo tenía diez años y era fácil que algo así se me quedase en la memoria. Hoy le pregunté a mis compañeros de clase, de Madrid también, si sabían de algún acto conmemorativo. ¿Por qué? Si eso solo lo hicieron los primeros años, ya no tiene sentido, me han dicho. "¿Por qué te preocupa tanto, conocías a alguien?" "Es que eso está muy politizado para recordarlo" Cuando preguntaba a mis compañeros en Ávila la implicación se reducía de forma drástica.
Y de eso hace diez años. Yo no conocía a nadie que viajara en tren. En el mismo tren que cojo todos los días desde hace tres años para ir a clase. De pequeña creía que solo se viajaba en tren para irse muy lejos, o porque se iba de excursión. Ahora soy consciente de lo fundamental que es la línea de Cercanías para muchísima gente, de lo que significa que un tren esté lleno en hora punta, del caos que puede crear.
En estos años he vivido averías, se ha ido la luz, han llegado trenes con retraso... Y cada una de esas pequeñas cosas ha creado una revolución entre los pasajeros. He visto a una madre con el carrito de su hijo tirar del pelo a una señora octogenaria mientras esta la arañaba, dejando al un lado su andador, todo por conseguir un sitio en el vagón a las 10 de la noche. He dejado pasar un millar de trenes porque iban demasiado llenos, he cogido el primero y el último tren del día. Lo he visto venir desde Alcalá y desde Guadalajara, lleno de vida a cualquier hora del día. Todos los días. Y he terminado el trayecto que cientos de personas no pudieron terminar.
Aunque hoy no he visto ni he hecho nada de eso, porque he cogido el autobús. Me ha llevado dos horas de viaje llegar a clase, pero por alguna razón me sentía especialmente sensible, y cuando he llegado a la estación no he querido subirme en uno de esos trenes. Sensible al recuerdo, al miedo, a la empatía. He tomado una de esas decisiones absurdas que tienen perfecto sentido para ti, sin saber muy bien por qué. No quería perturbar mi recuerdo, ser parte de esa historia. O algo así.

¿Por qué me preocupa? ¿Conocía a alguien? No. A nadie. Pero conozco a todos los que están hoy en esos trenes. A todos. Porque somos todos nosotros. Y que por qué me empeño en recordarlo, me han preguntado también. No me empeño, no puedo evitarlo. Y no solo hoy, lo recuerdo a menudo. No es como una experiencia traumática ni nada por el estilo. Es solo que todo aquello pasó a gente como yo, como tú y como cualquiera de nosotros. Mirar a la cara a una realidad tan triste puede no ser fácil, y muchos prefieren verse ajenos o no tienen otra opción. Pero yo, hoy especialmente, creo que no es cuestión de buscar el morbo o la angustia a propósito. Esto no es por mí.
Es solo que hay 3000 personas cuyas vidas dieron un vuelco, y de ellas, 192 que no tuvieron tanta suerte. No podemos cambiar eso, pero creo que cada una de esas personas se merece estar presente en el recuerdo de los que podemos, en mayor o menos medida, recordar. No importa que se nos encoja el corazón durante unas horas, porque es lo mínimo que ellos deben sentir cada día. Si podemos estar más cerca de esas personas, su fuerza será mayor. Sentirse comprendido puede no cambiar nada, pero reconforta.
Y quizá podamos también compartirlo con quienes no lo sientan tan cerca, no para infundir miedo sino una visión más clara de la realidad. Porque el pasado es realidad, y diez años no son nada. No podemos olvidarnos de 3000 personas, y no hay política que valga.
A todos nos ha pasado, y todos deberíamos estar en el mismo bando. Juntos en esto. Hoy, martes 11, y cada día por cualquiera que no tenga la suerte que nosotros disfrutamos, por puro azar.



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Volver a reírme de aquel final en el que el bueno acaba mal.

Unos trece años más tarde vuelvo a estar en el asiento de atrás de un coche, escuchando las mismas canciones. La diferencia es que ahora entra por la ventanilla el aire de finales de agosto con tal fuerza que apenas puedo mantener los ojos abiertos. Con la frente asomando del coche , le doy vía libre al aire para dirigir mi pelo. Trato de imaginar qué estarán haciendo las personas que solían compartir aquella música cada fin de semana, las tres niñas que se sentaban en un viejo Lancia rojo. Tenían un disco grabado de El viaje de Copperpot pero en casa solo había reproductores de cassettes, así que ahí estaban, escuchando el cd en el coche. Las hermanas se sentaban delante los días que aún no habían peleado y soportaban la presencia de la otra. Esos eran los mejores, yo no tenía que decidir de qué lado estaría, y hacíamos un equipo casi imparable. Las tres y Dana, la perra de mis amigas, que no se separaba dos metros del coche cuando nos encerrábamos allí, agotando la batería con el coche parado y la música alta. 
Ahora, con los ojos cerrados y las canciones mezcladas con el viento que me azota los oídos me cuesta separar el recuerdo de la realidad. Las veo a las tres, desde fuera del coche, aunque yo estaba dentro con la cabeza apoyada entre los dos asientos delanteros. Nos recuerdo cantando durante horas las mismas canciones, y no me extraña que las letras permanezcan en mi memoria. Me cuesta también imaginar dónde estará esa niña que vociferaba desde atrás en sus canciones preferidas. Con ella también perdí contacto, supongo.
El coche olía a cuero viejo y a tabaco, un olor que odiaba, pero ahora casi lo extraño. Recuerdo también que la última canción del disco tenía unos ocho minutos de silencio hasta que empezaba una última canción oculta llamada Tic tac. Parece pensada a propósito para encajar en este preciso momento. No esperes más a las agujas del reloj, que a ellas no les importáis tú ni nadie.
Una de las etapas más largas de mi vida repartida en fines de semana, saliendo al campo en plena nevada a jurar sobre la roca con más aspecto de mágica que encontrábamos, que nuestra curiosa amistad duraría eternamente, inventando canciones y grabándolas porque algún día nos haríamos terriblemente famosas... Tic tac. Ya casi ha terminado mi pequeño viaje en coche rescatando música vieja, y todo lo que he podido hacer es imaginar qué ha sido de todo aquello, a dónde va la relación cuando ya no está. Alguna piedra helada en Segovia debe estar totalmente decepcionada con nuestro juramento, y algún cassette de las jóvenes promesas del rock Contraseña de alboroto estará ahogado en polvo, como su local de ensayo. Tic tac.
En mi cabeza hemos vuelto, que lo sepáis. Estábamos ahí, cantando, utilizando el aspersor como alternativa a la piscina, montando una peluquería, una panadería, una nave secreta de super héroe, un reino entero para hormigas hecho de arena... Estábamos ahí, en un pequeño viaje que está acabando. Ya no será para mí El viaje de Copperpot, sino el nuestro. Para mí, al menos. Cuidaros, hasta que nos pasemos de nuevo por el recuerdo.

Y ahora mismo están durmiendo en su cajón cada beso, cada flor, cada canción...

miércoles, 23 de enero de 2013

Quién.

La vida del ciudadano medio. Ese personaje que no protagonizaría ni una novela porque nadie quiere leer acerca de esa misma vida simple que ya puede contemplar en primera persona.
Cada día se despierta con un plan, una lista de objetivos que pretende conseguir para ser feliz. De hecho es ese el verdadero objetivo, pero parece más sencillo alcanzarlo en pequeños pasos. Es como si hubiera hipotecado sus sueños en construcción y cada día pagara una letra.
Cuando quiera darse cuenta de la trampa se le habrá escapado la juventud y por delante no verá sueños, pero por detrás el horizonte lo taparán sus días perdidos, empeñados para conseguir nada.
¿Cómo pasa uno a dejar de sumar cifras a la cantidad de ciudadanos medios, cómo se puede vivir sin intentar ser feliz? Vivir, sin más, ya debe ser bastante recompensa.

A veces creo que solo somos ese conjunto de cosas que queremos ser.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Noches en vela

Contando todas las veces que le han estallado las palabras en los dientes antes de poder rozar sus labios ya van un par de millares. O quizá alguno más. Cuando el tiempo se para, y dejan de escucharse balones rebotando contra el suelo, zapatillas, perros y niños, cuando paran hasta los coches, y los aviones parece que pasan de puntillas para no molestar, es entonces cuando todas esas palabras se acumulan en su cabeza, pinchándole como alfileres en la lengua. Y a veces, en la mirada.
El montón de ideas que repasa mientras se escapan frente a su ventana las horas de sueño incluye una colección digna de ser expuesta y enmarcada. Ocupa los últimos puestos el momento en el que el mayor imbécil del mundo preguntó "¿Soy imbécil?" y ella se quedó en silencio, en busca de un insulto mayor que corrigiera la pregunta o una forma de evitar que el mayor imbécil del mundo le llorara encima. Tiene en edición coleccionista las palabras "te echo de menos". Si le estallan en la boca una vez más conseguirá una cuenta premium. O una blackberry. En los primeros puestos está una conversación de madrugada parecida a la que mantengo yo hace horas con el techo en la que dijo "prefiero saber la razón de lo que dices antes que su significado" y de esas se hundió aun más en estallidos de palabras que nunca sonaron. Una vez le dedicaron un te quiero que llevaba meses esperando y solo supo preguntar por qué. Y perdió el te quiero, y la respuesta. Tardó en aprenderlo, pero lo tiene apuntado para que no se le vuelva a olvidar, que los te quieros no tienen porqués. Los muy miserables.

La luna creciente, el mundo menguante, y lo único que queda para dar de comer a la luna son los insomnes pinchados en alfileres. Y miradas que el techo no sabe apreciar. Son todas las noches en vela encargadas de echar la vista atrás o es porque hoy hay luna llena? A lo mejor soy yo, que me falta medio litro de sangre y no razono como es debido.

Vamos a dejarlo.



Not to say "I'm right", not to say "today", and no to say a thing tonight. We're leaving things unsaid, we sing ourselves to sleep, watching the day lie down instead.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Tras puertas abiertas.

El papel en blanco es una de esas cosas que me hacen ver el mundo de una manera nueva. El papel en blanco es la mejor motivación y también el mayor abismo que puedo encontrarme en un miércoles cualquiera.
Tengo muchas historias amenazando con no caber dentro de mí, y una de ellas no tendría sitio suficiente en un papel en blanco. Hay una noche y una fiesta, después de un concierto, y una chica que no encuentra en la sala un lugar seguro para poner la mirada. Hay mucha gente, conocida pero no cercana, hay un cambio que se nota en todos los rincones y cierto aroma a vacaciones, a nostalgia, a repetición de año tras año. También hay muchos regalos encima de una mesa, y uno es para la chica, aunque recibirá algo más que un regalo. No se espera ninguna de las dos cosas, y piensa irse a casa con el alma atada a los pies como unos grilletes de prisionero.
De nuevo, el cambio que está en los rincones. Una nueva mirada, azul, deja que el aire frío entre en la sala mientras abre la puerta. Al cabo de unos minutos esa mirada tampoco tiene un objetivo fijo. Las dos miradas errantes parten de sitios cercanos y sin embargo no se encuentran. Se produce ese silencio entre desconocidos, y esa comodidad entre aquellos que sin conocerse, se saben en la misma situación. Hay tarta, y bebidas, conversaciones sencillas y a la una de la madrugada solo quedan comentarios, y nada más. La chica no irá sola a casa, tendrá ayuda para sujetar ese peso que cree que lleva. Por lo demás, nadie ha visto nada. Nada parece haber sucedido.
Papel en blanco y tinta negra. Jueves, 23 Diciembre 2010. "Es raro acabar de conocer a alguien que ya conoces de hace tiempo. La gente, con el paso del tiempo, se convierte en otra gente. Puedes conocerles las veces que haga falta, si dejas el suficiente espacio"

La chica que se coló en la fiesta y el chico del concierto. Nada parecía suficiente al principio, cuando no había miradas. El tiempo se escapaba entre frases que decían muchas más cosas de lo aparente, y reflejaban el cambio que se anunciaba semanas atrás. El cambio que haría que dos desconocidos no lo fueran más, y que sus miradas tuvieran un sitio donde ir, y sus palabras no tuvieran nada que esconder.
Ninguna historia es así de sencilla, siempre hay un viaje, un misterio, un herido o un corazón roto. Esta no es una excepción, pero ya dije que no iba a caber en ningún sitio. Diré, si hace falta, que resultó complicado, había barreras y encierros, ojos cerrados y más temor que valentía. Pero también la fuerza y la esperanza suficientes, supongo. Por eso tengo algo que escribir, por incoherente que parezca.
De aquello ha pasado ya mucho tiempo, y muchas historias. Y cambios, que nunca vienen solos y tampoco vienen de dentro. A veces pienso que cada papel en blanco es como empezar desde el principio, que cada día puedes marcar la diferencia. Pero al final, solo hay una vida, con muchos tiempos en los que podemos ser. Existir por instantes, conocernos en cada fracción de tiempo.

Dejaría pasar millones de tiempos para volver a conocerte. Y pasarán infinitos de ellos hasta que piense que he terminado de hacerlo. Mi curiosidad nunca acabará, y tendré siempre algo que aprender de esa mirada azul. Con suerte.


Tengo miedo, insiste, llena de dulzura,
le digo que no tema, que mas miedo da estar solo,
pero hoy me siento vivo, hoy no lloro,
tan tranquilo arrastro mi mano hacia mi destino,
enciendo la luz, aquí acaba mi camino,
la sombra desaparece, perece entre los destellos,
tan bello es deslumbrarte y mirarte es un atropello,
sello este conjunto de versos, tus besos, en mi cuello,
tus manos, tu piel, tus topes, no puedo vivir sin ellos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

I know I fed your desires

Because I've been murdering your soul.

Tengo unas vistas impresionantes Creo que los personajes de las novelas, la imaginación, necesita de vistas así. Las mejores siempre están en las alturas y no hay rincón que se me escape entre los edificios que recortan el cielo, todo desde mi ventana. Aquí abajo no hay nada, así que solo queda fijar la mirada lejos, donde yo no soy más que un punto para las personitas que se invierten en mi retina.
La que está sentada en el banco, se me ocurre que es algo vanidosa, puede que demasiado dependiente, habla demasiado, pero desde donde yo miro, diremos que es encantadora. Cogerá el tren, seguro que temprano, con vistas también al horizonte. Verá la noche de invierno haciendo como que acaba. La compañía, incómoda. Caras largas y extrañas, sin nada que destacar. El paisaje, sucio, salpicado de polígonos y alguna torre a lo lejos, atravesando el amanecer. Y en el tren sonríe porque le gustan sus zapatos y va a ser invencible, y un chico que anda cantando solo, tocando una batería imaginaria mientras en el tren todos le miran haciéndole saber que molesta, la está mirando a ella. Demasiada vida a esas horas de la mañana para pararse en una reflexión sobre las primeras impresiones, se limitará a pensar que podría enamorar al chico, y la historia sería digna de contar. Pero esa es su parada, y el músico apenas se ha fijado en ella.
Sin volver del todo a la realidad, otra vez en mi ventana, un pájaro. Salta como si, al posarse, la superficie le quemara, y vuelve a suspenderse en el aire muy rápido, y de nuevo se posa. Me apoyo en los codos para observarle, pero no le gusta la compañía, y se va, esta vez volando.

Un cálculo exacto de todo lo que me ofrece este horizonte me asustaría, porque es demasiado lo que desaprovecho. Historias para todos, millones de mundos y razones imposibles, que podrían ser mías... y sin embargo...
Demasiados pensamientos, para tan pocas palabras.



sábado, 15 de octubre de 2011

I don't quite know..

...how to say how I feel. Those three words are said too much, they're not enough.


sábado, 24 de septiembre de 2011

Come on, skinny love, just last the year..

Tengo un ritmo que se salta el orden de los latidos de mi corazón y se aleja de la velocidad con la que corre la sangre por mis venas. Se descomponen y se me descompensan los ritmos en momentos precisos, cuando menos lo espero. Pensando que algo está bajo control, es fácil caer en el error de que la solución de lo que pueda pasar está en mis manos, pero el control va estrechando su sujección y desgastando aquello que tiene debajo. Y entonces los ritmos se ralentizan, porque lo notan. Y cuando caen en su error paran de una forma terrible que nadie ve venir, y me pregunto cómo puede ser que mis manos aun tengan color si la sangre se ha parado, y no hay oxígeno que avance. La respuesta es fácil, es el ritmo de otra cosa el que se ha parado, escapando de un par de latidos. Cuando vuelve a ponerse en marcha tarda en alcanzar la sangre que inexplicablemente seguía corriendo, y está ahí la descompensación que me hace ahora ponerme a escribir.
Es mucho más simple que todo esto. Se me desgastaron las fuerzas, y cuando volvieron alguien me dijo que no tenían utilidad, y me faltó el aire. Se queda en standby todo lo que puedo razonar.



lunes, 5 de septiembre de 2011

Awkwardly speaking with nothing to say.

Tengo una cama encima de la cabeza. Hay gente que teme las literas cuando duermen arriba pero creo que el peligro acecha de verdad a la cama de abajo. Si se cae la cama superior contigo encima caes en blando, si se cae esa misma estando tú debajo, lo siento por tu nariz. Tengo el consuelo de que el colchón sobre mi cabeza está deshabitado, pero sigue sin inspirar confianza. Así que no me duermo, porque el estado de vigilia parece mil veces más seguro.

O quizá las literas me dan igual y mi problema es otro. A lo mejor mi cama, que tiene más anchura que yo altura, me está esperando a 200 kilómetros de aquí con los cojines tristes, porque piensa que la he abandonado por una mejor. Pero a mí me pone triste pensar en ella, aun falta desgastarla por demasiados rincones.
Pero ahora, estoy en esta cama nueva, esperando a la llegada de una vida diferente. Esperaba rincones huecos esperando que yo los llenara, esperaba algo que me gritara que quiere ahí mi huella. Estanterías vacías, por alejarme de la metáfora y pasarme a lo tangible. Pero no sé, todavía no las he visto por aquí. Solo está vacía la litera, que irónicamente no soy capaz de llenar. Aunque si pudiera estar en dos camas a la vez no serían las de arriba y abajo de una litera, morir espachurrada por mí... hmmm, raro.
Me tendré que currar este rinconcito, anyway.Tengo que explicarle de qué va la cosa, porque no he venido a por una mesa para estudiar y otra para comer, quiero una vida entera, o... un buen pedazo de vida. No una familia entera, pero sí un pedazo de familiaridad. Y... entre todo el pánico que las vocecitas de primer día y de mudanza crean en mí he encontrado algo que he traído con mi más previsora buena fe. Tengo una maleta entera esperando un hueco, pero un peluche se hace hueco solo, y pasa lo mismo con mi calavera. Tiene una rana encima y debajo se lee Salamanca. Ha pasado por todas mis casas y viene del día en que pensé dónde estudiaría. Dije iré a la universidad de Salamanca. Y veo mis mofletes de antaño dentro de una calavera, y pienso que me puedo llevar la familiaridad a donde yo quiera. Siempre habrá una manta, y un paseo descalzo los domingos por la cocina. Cualquier cocina, y cualquier manta.

Querer y necesitar son curiosos. Querer quiero llenar esto de mis cosas. Necesitar, necesito saber que no me voy a despertar mañana sin saber donde estoy. Me dicen por aquí que esto no es Salamanca, y no se está tan mal. Si mañana sigo sabiéndolo, bien. Lo que quiero vendrá cuando el pánico se vaya, una vez cubierto lo que necesito. Y entonces, todo bien. Entonces, bien. Mañana, bien.

Y para ponerme firme, en cuanto deje de mirarme así el somier de aquí arriba, empezaré a mentalizarle de que de aquí a cinco años más le vale que nos llevemos bien.

miércoles, 27 de julio de 2011

These words are my heart and soul.

El verano elevado al máximo exponente. Un pueblo desierto a la hora de la siesta, solo se oye el sol derritiendo la acera, y las chicharras roncar. A lo lejos, quizá el sonido de páginas pasando, La Hojarasca, edición de 1969. Y leo "Ella está abriendo y cerrando las puertas, aguardando a que el reloj patriarcal se incorpore de la siesta y le agasaje los sentidos con la campanada de las tres. Antes de que el niño vuelva a quedarse recto, pensativo, la mujer ha rodado la máquina hacia el corredor y los hombres han mordido dos veces los tabacos, mientras observan una ida y vuelta completa de la navaja.; y Águeda, la tullida, hace un último esfuerzo por despertar las rodillas; y la señora Rebeca da una nueva vuelta a la cerradura y piensa: «míercoles en Macondo, Buen día para enterrar al diablo» Pero entonces el niño vuelve a mover­se y hay una nueva transformación en el tiem­po. Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha transcurrido. Antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo eterno, el su­dor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable y helado detrás de su len­gua mordida. Por eso no transcurre el tiempo para el ahorcado: porque aunque la mano del niño se mueva, él no lo sabe. Y mientras el muerto lo ignora (porque el niño continúa mo­viendo la mano) Águeda debe de haber corri­do una nueva cuenta en el rosario; la señora Rebeca, tendida en la silla plegadiza, está per­pleja, viendo que el reloj permanece fijo al bor­de del minuto inminente, y Águeda ha tenido tiempo (aunque en el reloj de la señora Rebeca no haya transcurrido el segundo) de pasar una nueva cuenta en el rosario y pensar: «Esto haría si pudiera ir hasta donde el padre Ángel.» Luego la mano del niño desciende y la navaja aprovecha el movimiento en la penca y uno de los hombres, sentado en la frescura del quicio, dice: «Deben ser como las tres y media, ¿no es cierto?» Entonces la mano se detiene. Otra vez el reloj muerto a la orilla del minuto siguiente, otra vez la navaja detenida en el espacio de su propio acero. Pero el nuevo movimiento se frus­tra, mi padre entra a la habitación y los dos tiempos se reconcilian; las dos mitades ajus­tan, se consolidan, y el reloj de la señora Re­beca cae en la cuenta de que ha estado con­fundido entre la parsimonia del niño y la im­paciencia de la viuda, y entonces bosteza, ofus­cado, se zambulle en la prodigiosa quietud del momento, y sale después chorreante de tiem­po líquido, de tiempo exacto y rectificado, y se inclina hacia adelante y dice con ceremoniosa dignidad: «Son las dos y cuarenta y siete mi­nutos, exactamente.» "

Y que digan que las palabras tienen límites me sigue sorprendiendo. No se podrá tocar el tiempo, ni se podrá verlo pasar, pero existiendo las palabras, para mí pierden importancia los sentidos. Se nota el tiempo, se siente pasar entre las páginas. Que ole las pelotas de García Marquez dicho sea de paso, y hablando mal y pronto.
Y además, no me canso de decirlo: maravilloso el castellano.
Por lento que pase, por tortuoso que sea... ah, verano. Verano. Aburrido PERO menos es nada.


I don't want this moment to ever end.. when everything's nothing without you.

sábado, 23 de octubre de 2010

Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad, si lo hiciera dejaría de ser artista

No creo que deba retener todos los borradores sin publicar que hay en este blog, en mi cabeza, y todas esas cosas que no quedan en ningún sitio y termino por olvidar. No está bien, porque ahora han dejado de tener sentido. Acabo de encontrar un par de apuntes de los que soy incapaz de recordar lo que pensaba, y no es justo, porque son únicos. Y ahora, inválidos.
Este no es necesario para nadie, pero quiero que en mi vida nada me importe sobre quién o qué va a leer lo que escribo. Al menos, no cuando lo haga por placer, porque empieza a ser enfermizo. Me veo a mí misma midiendo de vez en cuando mis palabras en el diario, por si alguien algún día lo encuentra. Y en realidad, me da igual. Si alguien va a encontrarse con mis pensamientos, que los encuentre de verdad, debería, como poco, ser sincera conmigo misma.
Y bien, este es mi comentario-reflexión sobre lo que sé. Útil o no, he visto un documental increíble, sobre todo porque lo emitían en "la dos" (y no había criaturas marinas o depredadores en el desierto, guau) Un grupo de autistas y discapacitados mentales salen de sí mismos en la medida que pueden pintando, construyendo... creando arte en la descripción más perfecta de arte, la de Oscar Wilde: toda forma de arte es verdaderamente inútil. (Sí, esto es arte)
Uno de ellos tenía un rotulador con el que había hecho un garabato encima de otro tantas veces que se había dejado de ver el garabato para pasar a ser una gran mancha. Aun así, seguía pintando sobre ella, con delicadeza. Por supuesto, no se veía nada de lo que pintaba, pero a él le servía, de manera que su arte era en realidad, para él. Puede que pintando saliera de sí mismo, porque los demás podían ver qué pasaba por su cabeza o cómo lo hacía, pero en realidad, salía de sí mismo para seguir siendo a quien servía.
Me parece increíble, y puede que me lo tome como ejemplo. Pintaba, y los demás le entendían mirándolo, pero no pintaba para que le entendieran. Si es lo que buscara, no pintaría con negro sobre una mancha negra figuras que sólo él conoce mientras las pinta. Quizá cuando vuelva a ver su cuadro un surco más fuerte le recuerde qué era, mientras que los demás no verán nada. Todo ese arte es para él.
Todo este, para mí. Me da igual que nadie en el mundo crea que es arte, no me importa. Sé que no soy pretenciosa y no necesito una buena crítica de lo que escribo (de esto, quiero decir. En cuanto a todo lo demás.. es lógico, no?)

No creo que sea necesario nadie. Sin embargo, es frutstrante que esto no pueda aplicarlo a todos los aspectos de mis relaciones. No es justo, pero últimamente me veo a mí misma regando relaciones sin ningún sentido, y odio ser la única. Me hace sentir pequeñita, pero... Ni importa. He borrado todo lo que dije, y ahora, viéndome ante el teclado, creo que puedo llegar a sonreír con suficiente peso sobre el suelo. Con suficiente suficiencia.
Puede que no sea verdad y acabe temblando, puede que no tenga de qué sentirme orgullosa, pero hoy me siento artista, y no necesito para nada la realidad. Es una maravilla, mi mundo. Todos ellos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Fotos de carnet.









Están hechas exclusivamente para que las lleves en la cartera, ya sea en un pedazo de cartón plastificado de cierta utilidad, o sueltas, junto a alguna otra. Pero no sirven para nada más, son fotos para llevar encima, y suelen ser realmente horribles.Feas, feísimas. ¿Por qué? Porque nos hacen sonreír, pero no con gusto. Nos OBLIGAN a sonreír, lo que nos convierte en personas con sonrisas horribles el 90% de las veces. Muy buen día debes tener para que en una foto de carnet sonriendo consigas salir bien. Te hacen inclinarte ligeramente y ponerte delante de una pared blanca, que hace de la foto, sosa de por sí, algo aún más irritante. Por el simple hecho de que no es real, no es nuestra verdadera cara.
Opino que antes de hacer una foto que va a figurar en tu DNI, deberían estudiar tu personalidad. Si eres una persona que se pasa el día frunciendo el ceño y desconfiando de todo lo que hay a tu alrededor, que en la foto, tu cara sea de desconfianza. Para cualquier persona será mucho más fácil identificarte con tu foto del DNI.
Además, ¿en qué momento del día te pueden pillar sonriendo así? ¡Nunca! Es una sonrisa exclusiva, que sólo es capaz de posarse en tu cara cuando sabes que formara parte de un papelito brillante de cinco centímetros que te acompañará en la cartera los próximos diez años. DIEZ AÑOS. Debería encerrarme en mi casa la década entera para no tener que llevar encima el dichoso documento de identidad.
Identidad, dice. Identidad. Y aparece mi nombre, que bueno, sí que lo utilizo, y mi cara sonriendo de la manera más grotesca del mundo. Si esa es mi identidad, definitivamente debería recluirme diez años, o los que surjan.

Creo que sonreír en una foto para el carnet, cuando odias hacerte fotos de carnet es PURA hipocresía.


Y yo no soy una persona hipócrita, qué va. Hoy, cuando me digan "sonríe" alzaré la voz en favor de la revolución. (Y se va a cagar la perra)