domingo, 28 de julio de 2013

Waiting for the good times

No hay luces en la ciudad, pero nunca está a oscuras. El calor funde los edificios entre la lluvia sofocante de un verano que parece durar ya años.
Encontré un hotel después de vagar varias horas por las afueras, es un lugar al que nadie con algo de sentido común acudiría pero también mi única opción en aquel momento. El dueño, recepcionista, jefe de cocina y asistente de limpieza apenas se inmutó al verme aparecer, pero por un buen precio  se convirtió en un gran anfitrión y ahora estoy alojada en la mejor parte de esta ratonera de hormigón y pintura descorchada, según me dijo. En esta habitación todo parece estar situado de la peor manera, hay polvo hasta en las almohadas y los quinqués de la mesilla parpadean con lo poco que quedaba de gas, como pidiendo perdón.
El calor es exagerado a pesar del agua, demasiado para conciliar el sueño, así que la ciudad entera permanece despierta. He aprendido que cuando esto ocurre, dejan que lo peor de ellos sea libre al amparo de la madrugada. Desoyendo el consejo del apático recepcionista pluriempleado, en cuanto deje de llover saldré a reencontrar esa vida nocturna que se intuye tras cada edificio. Si no me han devorado para entonces los mosquitos, claro.
Todas las miradas detrás de los cristales esconden miseria, a veces incluso la enseñan. Es como una bandera blanca, algunos la ondean para que esté bien claro qué es lo que hay, para no engañar al visitante. Para que nadie se confunda y entre sonriendo como si fuera a cambiar el mundo. Recuerdo mi primera noche aquí, me pude dar cuenta de que un buen oído es lo único que puede ayudarte en un sitio como este, donde la luz eléctrica es tan poco fiable como la predicción meteorológica de cielo despejado. Entre los sonidos de las goteras y el repiqueteo del agua contra las chapas de hormigón que hacen de tejado pueden intuirse todas las historias que se suceden en las calles y en las casas. Gritos, risas, peleas, y más información de la que uno es capaz de soportar en muchas ocasiones. De día, lo único que se puede ver es una bruma extraña que se crea cuando la lluvia se encuentra con el asfalto, que no tiene tiempo de enfriarse en las pocas horas de luna. De modo que ya sea de día o de noche, nadie creería en tu palabra solo porque jures haberlo visto con tus ojos.
Gracias a esta continua confusión y a que el alcohol ha acabado con los pocos hombres cuerdos que quedaban, todo lo que sucede es clandestino, así que oficialmente nunca sucede nada.

Aun no ha parado de llover, y tras doce horas de sueño y otras tantas de un extraño sopor causado por el cansancio, el calor, y la pesada comida que sirven aquí, creo que es el momento de salir afuera. Aunque quizá mañana, con las primeras luces. No puedo arriesgarme a salir ahora y exponerme a las miradas que acechan desconfiadas tras cada ventana, sería salir desarmada al campo de batalla. Ellos están acostumbrados y saben entender su oscuridad, y yo... nunca tuve buen oído.

miércoles, 23 de enero de 2013

Quién.

La vida del ciudadano medio. Ese personaje que no protagonizaría ni una novela porque nadie quiere leer acerca de esa misma vida simple que ya puede contemplar en primera persona.
Cada día se despierta con un plan, una lista de objetivos que pretende conseguir para ser feliz. De hecho es ese el verdadero objetivo, pero parece más sencillo alcanzarlo en pequeños pasos. Es como si hubiera hipotecado sus sueños en construcción y cada día pagara una letra.
Cuando quiera darse cuenta de la trampa se le habrá escapado la juventud y por delante no verá sueños, pero por detrás el horizonte lo taparán sus días perdidos, empeñados para conseguir nada.
¿Cómo pasa uno a dejar de sumar cifras a la cantidad de ciudadanos medios, cómo se puede vivir sin intentar ser feliz? Vivir, sin más, ya debe ser bastante recompensa.

A veces creo que solo somos ese conjunto de cosas que queremos ser.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Pleasantville está ardiendo.


Y dicen que las musas huyen de allí a pasos agigantados. Una ha pasado a mi lado tan rápido que la he oído derrapar. No, en serio. Se está acabando ese lugar en el que todos dicen que sí por agradar a ese otro que está diciendo que lo que quiere es una respuesta afirmativa, también por agradar. Se está acabando. Me lo quitan de las manos, señora.
En ese lugar, alguien ha tenido que establecer previamente esas normas estúpidas que mantienen a las mujeres encorsetadas cuando nadie quiere ver corsés. Alguien tuvo que inventarse todos los tipos de tenedores que existen, alguien dijo a qué hora es conveniente irse a dormir. Tuvo que hacerlo algún personaje cuya naturaleza no puedo imaginarme para que hayamos mantenido tanto tiempo una estado de las cosas que no nos gusta. Que nunca nos ha gustado.
Son los mejores los que pagan este orden establecido, porque son aquellos que más diligentemente cumplen con lo que se espera. De la manera más injusta.

Cuaderno de notas de Chèjov:"Festejaban el cumpleaños de un hombre modesto. Aprovechaban la ocasión para hacerse ver, para halagarse los unos a los otros. Y no fue sino al fin de la velada cuando cayeron en la cuenta: el héroe de la fiesta no había sido invitado, se habían olvidado de él."

Solo son notas, pequeñas e inconexas. Pero tienen todo lo que quieras ver tú dentro. Seguro que de alguna manera que no te imaginas, Anton Chèjov contó algún fragmento de tu historia a finales de 1800. Cada día podría leerme el cuaderno entero y fijarme en siete notas distintas a lo largo de una semana.
Esta es la de hoy, y puede que también la de un miércoles, hace un par de semanas. Y hoy, es precisamente eso, el héroe, el hombre modesto del que se olvidan mientras intentar hacer lo que se espera.
Lo terrible es que todos somos a veces los invitados, y a veces el cumpleañero solo sin saber que hay fiesta en su honor.

El mundo es una mierda, pero el mundo te pertenece. Y si el mundo es una mierda, escribo raps de papel higiénico.

So I keep on trying.

Probablemente nadie en este sitio lo sepa, pero hay una chica al fondo cuyo vestido esconde una pistola. La piel de su espalda es capaz de sentir el metal del arma, y cuando repara en ello, tiembla. Los volantes del traje acompañan el movimiento, y todo se confunde al compás de la música.

El hombre con traje marrón desvaído que sujeta su chaqueta lleva media hora buscando una excusa para marcharse. Ha visualizado a la chica del vestido, el verde de su ropa y sus ojos no podían pasar desapercibidos. Cree recordarla de algún otro sitio, aunque no le ha dado mayor importancia. A los demás invitados no les ha reconocido aún a juzgar por su soledad. No tiene intención de hacerlo. Su aspecto es el de quien está de paso pero no tiene prisa: con los hombros caídos, cambia el peso de una pierna a otra cada dos minutos al tiempo que echa un vistazo a la sala.

¿Qué mas habrá en ese lugar? Es un tipo de fiesta especial, eso seguro. No hay personajes como estos en una fiesta cualquiera.
En cualquier caso, ¿quiénes son? La chica del vestido seguro que se ha visto envuelta en algún lío tremendo sin ni siquiera buscarlo, pero aunque tiembla en el fondo es valiente y conseguirá que algún idiota se convierta en un héroe con su ayuda. O a lo mejor no. Puede que solo tiembla porque tiene intención de vengarse por fin de algún desalmado, y está impaciente y demasiado animada para contener su movimiento.
El hombre puede que esté de su parte, o quizá es un vigilante que está trabajando para el malo. Quizá ni siquiera hay malo.

Ni historia. Ni fiesta, ni universo... Ni nada. Nada por ahora.

 

martes, 6 de noviembre de 2012

La única forma de fracasar es intentarlo.

Y eso, puede meter tanto miedo que, desde la perspectiva de la elección racional, podemos hacer cuentas y sale más rentable no intentarlo.
Llevo meses muerta de miedo. Se esconde y aparece donde y cuando menos lo espero, y hace que pierda la cabeza. Tengo pánico, eso es lo que es. Porque el miedo es algo lógico y racional, uno teme aquello que puede pasar, pero que no le gustaría que pasase. Si temes es porque tienes algo que perder. El miedo es bueno, te mantiene alerta.
El pánico, sin embargo, es completamente ilógico e inútil. Sabemos que es irracional, y aun así tenemos pánico a animales pequeñitos e inofensivos, a mirar hacia abajo, al compromiso. Pero una araña no va a acabar con tu vida, porque mires al suelo desde un décimo piso no vas a caerte, y un acuerdo duradero no te ahogará. El pánico no te mantiene alerta, te hace perder las riendas.

Yo tengo pánico, sí, pero no a esa consecuencia lógica de intentarlo que es fracasar. Al fracaso se le teme, es perfectamente racional. Yo tiemblo ante la perspectiva del intento. Del éxito. Temo intentarlo, porque siento que sea como sea el resultado, no sentiré que realmente lo he intentado. Lo habré dejado a medias, me habré convertido en un intento tan chiquitito que no merece la pena hacerlo fracasar. Sencillamente pasará inadvertido, sin pena ni gloria, sin que nadie lo vea venir. Eso es para mí mucho más terrorífico que un fracaso.


La cuestión es que existe una tercera variable, y es que tampoco puede uno ganar si no apuesta.
Así que es simple, cojo y me digo oye, pregúntate qué puedes hacer con el resto de tu tiempo. Cómo vas a llevar el resto de tu vida. Puedes quedarte paralizada mientras el pánico se come tus muchoncitos de muchedad, o seguir intentándolo como venías haciendo antes de llegar a la capital, y fracasando una y otra a vez, con algún éxito que se cuela a aquella que va la vencida. Piénsalo bien si eliges no intentarlo, no actuar. No vivir.
Ahora sí que sí, vuelve a plantearte cuál es la decisión racional.

No se ha encontrado todavía un enemigo peor que el que eres tú, para ti. (En cualquier caso, tiempo al tiempo. El gobierno se lo está currando para quitarte el puesto...)

I rather feel pain than nothing at all.

miércoles, 29 de agosto de 2012

So random

Quiero ser un mes de Octubre para García Márquez y la actriz ingenua que fue Sibyl para Dorian Gray. Quiero ser un azulejo del más vivo de los colores en cualquier edificio de Gaudí, y el punto más alto del Tibidabo, para el que no esconde ningún secreto Barcelona.
Podría conformarme con pasar un momento sostenida en el aire muerto de la peor noche de verano, flotando, siendo el silencio que desespere al poeta, el que haga creer al músico.
Quiero, que si no es hoy, mañana, algo me convierta en musa o inspiración, y también en artista. la magia, la quietud, la belleza, las palabras. Quiero ser, y no tener, ni seguir queriendo ser. Solo convertirme en el poder del Octubre y las luces, y ahora mismo, también el poder de las palabras de la Malahora.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Noches en vela

Contando todas las veces que le han estallado las palabras en los dientes antes de poder rozar sus labios ya van un par de millares. O quizá alguno más. Cuando el tiempo se para, y dejan de escucharse balones rebotando contra el suelo, zapatillas, perros y niños, cuando paran hasta los coches, y los aviones parece que pasan de puntillas para no molestar, es entonces cuando todas esas palabras se acumulan en su cabeza, pinchándole como alfileres en la lengua. Y a veces, en la mirada.
El montón de ideas que repasa mientras se escapan frente a su ventana las horas de sueño incluye una colección digna de ser expuesta y enmarcada. Ocupa los últimos puestos el momento en el que el mayor imbécil del mundo preguntó "¿Soy imbécil?" y ella se quedó en silencio, en busca de un insulto mayor que corrigiera la pregunta o una forma de evitar que el mayor imbécil del mundo le llorara encima. Tiene en edición coleccionista las palabras "te echo de menos". Si le estallan en la boca una vez más conseguirá una cuenta premium. O una blackberry. En los primeros puestos está una conversación de madrugada parecida a la que mantengo yo hace horas con el techo en la que dijo "prefiero saber la razón de lo que dices antes que su significado" y de esas se hundió aun más en estallidos de palabras que nunca sonaron. Una vez le dedicaron un te quiero que llevaba meses esperando y solo supo preguntar por qué. Y perdió el te quiero, y la respuesta. Tardó en aprenderlo, pero lo tiene apuntado para que no se le vuelva a olvidar, que los te quieros no tienen porqués. Los muy miserables.

La luna creciente, el mundo menguante, y lo único que queda para dar de comer a la luna son los insomnes pinchados en alfileres. Y miradas que el techo no sabe apreciar. Son todas las noches en vela encargadas de echar la vista atrás o es porque hoy hay luna llena? A lo mejor soy yo, que me falta medio litro de sangre y no razono como es debido.

Vamos a dejarlo.



Not to say "I'm right", not to say "today", and no to say a thing tonight. We're leaving things unsaid, we sing ourselves to sleep, watching the day lie down instead.